sábado, 31 de mayo de 2014

Capítulo 2: Comienza la aventura

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COMIENZA LA AVENTURA
La plaza principal de la ciudad está repleta de gente. No nos extraña, ya que es el día del mercado, pero hay demasiada gente. No sé si será porque se han extendido los rumores de la desaparición de Arak, pero en los tres días que llevábamos en la ciudad habían llegado decenas de caravanas desde los cuatro caminos. Sobre todo llegaban por el camino del Norte, que era el que conectaba la ciudad con el resto de pueblos y regiones.
En ese momento noto que me están mirando, no sé por qué, pero es una cualidad que he desarrollado a lo largo de estos últimos años, en los que había estado viajando. Me doy la vuelta despacio, intento que no se note mucho. Entonces es cuando veo a un joven, que escondía un hacha bajo la capa y tenía una ballesta echada a la espalda. Vestía con ropa marrón y verde, llevaba unas botas marrones, así como la capa también era del mismo tono de color. Llevaba sombrero, le tapaba toda la cara, aunque, por lo que pude ver, estaba lleno de cicatrices. Apoyado en la pared, veo que me mira y me hace un gesto para que me acerque, le doy un golpe a mi hermano, le indico que me siga. Cuando me acerco a él empieza a hablar.
- Buenas, ¿es usted el hombre que ha terminado con la vida de Arak? – me pregunta.
- Perdone, pero creo que se equivoca, no le maté. Desapareció. – le aclaro.
- ¡Ja! – me sonríe – Ya decía yo que a un Maestro de la Espada no se le mata tan fácilmente.
- Parece que es usted un hombre sabio.
- ¿Sabio? No. Pero sí tengo sentido común, ¿cómo un simple hombre va a poder matar a uno de los Tres?
- Creo que me estás infravalorando, aunque no le maté le herí.
Se levanta, es un poco más alto que yo, pero más escuálido. Hace una reverencia.
- Encantado, me llamo Zorax, hijo de Zox, regente de la Ciudad de la Bahía. He venido hasta aquí para acompañarte, no creo que te vayas a enfrentar contra Arak tú solo…
- No estoy solo, viene mi hermano conmigo. Pero aún así, nos vendría bien algo de ayuda. Encantados de que te unas.
- Perfecto, ¿cómo te llamas?
- No creo que eso importe.
- Bueno, ahora no. Pero tendrás que decírmelo algún día…
- Algún día. Éste es Notham, hijo de Norh, mi compañero y hermano.
- Encantado. – dice mi hermano.
- Vámonos. – les apremio a que se muevan.
Me voy hacia el puerto, tendremos que atravesar el lago de Calas y necesitaremos algún medio de transporte. Cuando llego, veo que no hay ni un amarre libre, todos están ocupados, por barcos de pesca o de transporte. Hay una concentración de personas cerca del barco más grande, que parece ser de un noble, que, por su bandera, deduzco que es el Conde de Morma, una ciudad que está cerca de la Ciudad de la Bahía, es el segundo hombre más rico de Tuê, después de Arak.  Me acerco, veo que cojea, parece que tiene una flecha clavada en la pierna, miro a mi hermano rápidamente, está hablando con Zorax, el arco lo tiene en la espalda, él no ha podido ser. Me detengo a mirar a los tejados, y alcanzo a ver una sombra, se movía rápidamente, llamo a mi hermano, le digo que le dispare. Estoy seguro de que le da, es el mejor arquero que he visto nunca. Se prepara, tensa la cuerda, apunta, su objetivo es el Conde y abre la mano. El hombre se da cuenta de que se le acerca una flecha y la esquiva. Por cómo se ha movido, puede ser de la Guardia Negra, pero es imposible, la Guardia es leal a todo noble que pise Tuê.
- ¿Le has visto? – le pregunto a mi hermano.
- Sí, ¿quién era?
- No lo sé, parecía algún hombre de la Guardia.
- No puede ser, son leales a Tuê y sus nobles.
- Ya, pero también lo eran los Maestros de la Espada.
- ¿Acaso crees que el Maestro está reclutando gente?
- Tengo mis sospechas, pero nada se puede descartar.
Se acerca Zorax, ha conseguido una embarcación, debemos darnos prisa para partir inmediatamente. La barca, de madera, es pequeño, para cuatro personas. Hay algunos aperos de pesca y víveres para aguantar aproximadamente dos meses. Tiene izada una vela, suficientemente grande como para avanzar una distancia considerable en el momento que una ráfaga de aire nos alcance.
- Está bien, para un viaje – le digo a Zorax.
- Sí, bueno, es lo más barato que he encontrado.
- Esperemos que vaya bien…
Partimos desde el puerto, a lo lejos veo el horizonte, una simple línea, en la que cielo y mar se unen
- Bueno, ya estamos en marcha – dijo Zorax.
Él es el que más tranquilo de los tres, quizá porque no sabía la empresa que teníamos en mente. Mi hermano y yo no nos podíamos tomar tan a la ligera un viaje que, muy probablemente sea solo de ida. Aún con toda la ayuda de los Maestros de la Espada tenemos pocas posibilidades, ya que Arak cuenta con la ayuda de los Kahlgrîn, antiguos alumnos suyos, ahora letales guerreros con armas de corto alcance, y los Monogrîn, renegados del Gran Bosque del Sur, feroces con el arco, con una puntería magnífica y la capacidad de matar y moverse sin ser vistos. No podíamos viajar tranquilos sabiendo a quiénes nos enfrentábamos.
El mar está en calma, por lo que Notham y yo tenemos remar si queríamos tener un ritmo normal. Mientras, Zorax nos iba contando sus batallas.

- … Peleé contra los diez bandidos yo solo, armado con un hacha y protegido por un escudo. Eran feroces, podían ser Kahlgrîn, pero no me eché atrás, les miré y les mandé un aviso. Tras algunas horas luchando contra tales guerreros conseguí acabar con ellos sin apenas haber recibido un rasguño…
Miré a mi hermano, ambos sabíamos que no podían ser Kahlgrîn, es más, tengo la certeza de que nuestro nuevo amigo se estaba inventando la historia, pero, ¿qué importa? Sabía contar buenas historias, quizá estas historias lleguen a oídos del Rey como lo han hecho ‘La Gesta de Kor’ o ‘Kala’, historias ficticias narradas por Sneci, el mayor bardo que ha tenido el honor de cantar en el Templo de Oro de Tuê, hogar de una de las tres espadas.
Proseguimos nuestro camino sin ningún altercado, salvo que Zorax casi se cae unas cuantas veces por el borde de la barca mientras escenificaba alguna de sus historias.
- ¡Hermano! – me grita Notham - ¡Tierra a la vista!
Giro la cabeza y alcanzo a ver un puerto pesquero. Supongo que puede ser de la Ciudad de la Bahía, pero no estoy muy seguro. Será un buen lugar para descansar y reponer fuerzas, además podremos vender el poco pescado que hemos logrado coger, para así poder negociar más adelante.
Cuando llegamos al puerto amarramos el barco y nos vamos en busca de una taberna en la que poder comerciar con nuestras mercancías. Tras callejear un poco logramos llegar a la calle principal, llena de tiendas y tabernas. Al final de la calle veo un pequeño local, no parece que haya mucha gente, así que estaremos más tranquilos allí, y podremos hablar más fácilmente que en cualquier otro sitio.
Entramos en la taberna y lo primero que veo no me gusta mucho, la gente está borracha, las ratas se pasean por el suelo y el techo estás cubierto por telarañas. Aunque el local deje que desear, veo un grupo de gente que me puede interesar. El que parece el jefe no para de mirarnos y estoy emocionado, son tres o cuatro personas, que, supongo, será un grupo de gente que viaja en carromato, por lo que nos podremos unir a ellos y que nos acompañen. Me acerco a ellos para pedírselo.
- Hola, ¿qué tal? – les dije.
- ¿Quién es usted? – me preguntó el más alto.
- No importa, no creo que os importe.
- Sí importa, podrías ser cualquiera.
- Soy un amigo de tu hermano, Kalhan.
- ¿Mi hermano?
- Sí.
- Entonces sí, vamos hacia Kael.
Les digo que yo también me dirijo hasta allí, Kael es la última ciudad antes de La Muralla. Allí espero encontrar algún medio de transporte para ir por fuera de la ciudad, ya que el suelo es de piedra incandescente. Espero conseguir un Jalahi, una especie de perro gigante, en el que uno puede montar como si fuera un caballo, pero que tiene patas que pueden pisar el suelo.
Pero no quiero conseguir ningún Jalahi común, quiero a Klo, el rey de los Jalahi, que está en posesión de Arakki, el hermano de Arak.
- ¿Qué ha sido eso? – pregunta aterrado el jefe.
Todo empieza a temblar. Parece un terremoto, pero no. Son las mascotas de los guerreros de la Guardia Negra.









martes, 20 de mayo de 2014

Capítulo 1: Encarcelado

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ENCARCELADO
- Hola, ¿quién eres?
- No creo que mi nombre importe.
- Yo sí lo creo, y, me parece que ahora mismo no estás en disposición de negociar.
- No voy a decírtelo
- Perfecto, ya se lo dirás a él. Por cierto, ¿qué has hecho para que te encerraran aquí?
- Le he matado.
- ¿A quién?
- A él.
- ¿Quién es él?
- Era, tu jefe…
En cuanto salen de mi boca estas palabras le clavo el puñal, que me he fabricado en mi estancia allí, en el pecho, atravesándole el corazón. Le escondo en la sombra de la celda. Un carcelero, lleno de cicatrices (marcas de diversas peleas, supuse), viene hasta mi celda, supongo que para poner fin a mi estancia allí, y, consecutivamente, a mi vida. Me dice que le siga y hago lo que me ordena, no puedo evitar reprimir una sonrisa, no se ha dado cuenta de que estoy manchado de sangre, la de su amigo, aunque no creo que sea algo fuera de lo normal en estos calabozos. Mientras camino por el pasillo (en el que llevo seis días encerrado), frío, húmedo y casi oscuro, iluminado por la tenue luz que sale por las puertas, me detengo para mirar las celdas de los otros prisioneros, la mayoría sufre mutilaciones. Las celdas, todas iguales, rectangulares, con el espacio suficiente para una tabla de madera que, cubierta con una tela, hacía las veces de cama. Las paredes, de piedra, están manchadas de sangre, de peleas, tanto de entre prisioneros como de prisioneros contra guardias. El carcelero que me ha sacado de la celda se para bruscamente, se agacha y coge por el pescuezo a un prisionero con una herida de flecha, seguramente infringida por algún guardia, y le tira hacia su celda, donde se golpea bruscamente con la pared y se oye un crujir de huesos, “algunas costillas rotas”, pienso. Tras un tiempo, consigo ver una de las cinco puertas que sirven de entrada y salida del calabozo. De ahí recorremos un gran pasillo, lleno de cuadros de la Gran Época Dorada, que fue un espacio de tiempo en el que Tuê se encontraba en paz. También veo que hay mostradores con armas antiguas, la mayoría forjadas antes de que terminase la Gran Época, se dice que sus hojas no se pueden oxidar ya que se usó el fuego de Kunwes para ser forjadas, el mismo fuego en el que se crearon las tres espadas. Llegamos a una gran sala, con las paredes de un rojo fuego decorado por los estandartes del rey, muerto. Éste está protegido por siete hombres, de la Guardia Negra, armados con espadas, hachas y ballestas, escondidas entre los dobleces de sus capas, negras como el carbón, que les caen por la espalda hasta dar con sus botas, negras también, que escondían un pequeño puñal. El que parece el jefe estaba al lado del nuevo rey y logré ver que envainada tenía a Fallow, una de las tres espadas forjadas en el fuego de Kunwes en la Época de la Creación, por los Ancestrales, más conocidos como los Thautam. Las otras dos están cada una en un templo distinto, rotas en pedazos, esperando a ser forjadas de nuevo, cosa que solo se puede hacer en la fragua de Kunwes, antiguo guerrero de la Guardia Negra. En el momento en el que se forjasen serían otorgadas a los tres grandes Maestros de la Espada, que habitaban en una cueva en la Cordillera Azul, al Este de toda civilización, al Este del Castillo Negro de Kalkaum, lugar en el que había estado encerrado.
Me desencadenan y me empujan de tal forma que caigo de rodillas frente a Arak, hermano del difunto Orak, antiguo rey de Kalkaum, aquel por el que he estado encerrado en ese lugar. Arak era uno de los tres Maestros de la Espada, cosa que me extraña, ya que no estaba en la cueva en la que debía estar, aunque supuse que era porque su hermano había muerto. Arak era aquel que controlaba a los dragones, aquel que había vivido miles de vidas humanas en La Muralla, defendiéndola de los peligros que acechaban noche y día, hasta que tuvo una conversación con el Maestro. Le corrompió de tal modo que se volvió frío y distante, estuvo vagando durante siglos por las Montañas de la Llanura, fuera de la ciudad, enfrentándose a demonios y bestias.
- ¡Asesino! – me grita en cuanto me ve, una de las venas del cuello se le marca de tal forma que casi se le sale de la piel. - ¡Has matado a mi hermano a sangre fría, y ahora te toca a ti morir, a manos de la misma hoja con la que le arrebataste la vida al antiguo rey, con Fallows, la más grande de las tres, y yo seré tu ejecutor!
Le miro fijamente, a los ojos, demostrando toda la calma posible, provocándole, en silencio, mis ojos, rojos como la sangre, penetran en lo más oscuro de su alma, haciendo que reviva sus más terribles recuerdos, aquellos seleccionados por nuestra mente, aquellos que esconde y olvida para ahorrarnos sufrimiento.  Uno de esos, el más cercano, es la muerte de su hermano, cosa que resultó provocar más ira.
Me lanza una estocada al pecho, que esquivo por poco. En unos instantes me veo armado con la espada de un guardia al que mato. Yo contra siete. Fácil. Me vienen dos, les acuchillo a los dos, a uno en el cuello y al otro a la altura del pecho. Ya solo quedan cinco. Por lo que veo, dos están protegiendo al nuevo rey, que porta a Fallows, mi objetivo. Me rodean otros dos, me atacan a la vez, defiendo a uno, al otro le lanzo una patada, se cae para atrás, aprovecho y le clavo la espada, en ese mismo momento viene el otro y me clava un puñal en la pierna, le miro, me mira, suelta la espada, su cara va palideciendo por momentos, lanzo una estocada, ya solo quedan tres. Veo que dos flechas matan a los guardias. Miro hacia atrás, y le veo, a mi hermano, Notham, armado con su arco. Ahora somos nosotros dos contra Arak.
- ¿Qué haces aquí? – le pregunto a mi hermano.
- Hace un par de día escuché que tenían prisionero a un gran guerrero, que había acabado con el líder de la ciudad. Y, en seguida supe que eras tú, nadie más podía hacer tal tontería.
- Bien, veo que me conoces.
- ¿Quién es este? – me dice señalando con su arco a Arak.
- Es Arak, el menor de los Tres – le explico.
- Ni idea.
- El que fue corrompido por el Maestro.
No tenía que haberle mencionado… El Maestro es el que terminó con la vida de nuestros padres, muerte que yo ya había pasado, pero que mi hermano pequeño todavía sentía cercana.
- Así que es algo parecido al lacayo del asesino de nuestros padres, ¿no?
- Algo así – mi hermano le mira con odio y con pena. Notham no creía en la lealtad de la gente.
Nos acercamos a Arak, que intenta defenderse con Fallows, pero mi hermano dispara y la flecha impacta en su muñeca, atravesándola, para que suelte la espada.
- Sucios humanos… - maldice el rey.
- Sucios, sí, pero que hemos derrotado a un Maestro de la Espada –le recuerdo.
- ¿Derrotado, yo? – nos mira sonriendo – No sabéis hasta donde llega mi poder, ¿verdad?
Desaparece. Donde antes había un lastimado rey ahora no hay nada. No tenía que haberle subestimado, si ha sobrevivido tanto tiempo con tantos enemigos habrá sido por algo.
- Hermano, le encontraremos. Estará con el Maestro. – le prometí a mi hermano.
Nos esperaba una gran aventura por Tuê, nuestro destino son las Cordilleras de Likdem. Más allá de la Llanura Exterior. Tendremos que enfrentarnos a demonios, humanos y todos los peligros que se puedan imaginar. Necesitaremos ayuda, nosotros dos solos no podremos. Tenemos que llegar hasta la guarida de los Maestros de la Espada y conseguir antes las otras dos, Jorkam y Kahart, hielo y fuego.

Nos damos media vuelta, y salimos del Castillo por la gran puerta de la entrada, sabiendo que esta podría ser nuestra última aventura juntos, nuestra última aventura.